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Entrevista: David Unger, el escritor de “Ni chicha ni limonada”
El escritor David Unger, nacido en Guatemala y criado en Estados Unidos, habla sobre su nuevo libro, “Ni chicha ni limonada”, y la idea de ser un “extranjero en tierra extranjera.”
El escritor David Unger, nacido en Guatemala y criado en Estados Unidos, habla sobre su nuevo libro, “Ni chicha ni limonada”, y la idea de ser un “extranjero en tierra extranjera.”
“Ni chicha ni limonada” (F & G Editores, $15.95 tapa blanda) es el libro más reciente de David Unger, escritor, profesor universitario, prolífico traductor y representante en Estados Unidos de la Feria del Libro de Guadalajara.
¿Cómo llegaste al título “Ni chicha ni limonada”?
Hace 23 años publiqué un libro de poemas titulado “Neither Caterpillar Nor Butterfly” (“Ni oruga ni mariposa”), basado en una frase de Moby Dick, la brillante novela de Melville. La cita exacta se refiere al medio salvaje Queequeg: [he] was a creature in the transition state—neither caterpillar nor butterfly. Siempre me ha gustado esa frase, porque implícito en la cita es la idea de constante transformación y a la vez, la idea de ser un “extranjero en tierra extranjera.” De cierta manera yo, nacido en Guatemala, criado en los Estados Unidos, zurdo, judío y escribiendo en inglés, siempre me he sentido en la tierra de nadie—con fuertes recuerdos y vivencia en Guatemala, pero de cierta manera condenado a la vida anglosajón con un apellido nada hispano. Cuando estaba pensando sobre cómo titular esta colección de doce cuentos en un ensayo literario, por no decir ficcionalizado, decidí que Ni chicha ni limonada podía denominar perfectamente el libro y sus personajes.
¿Por qué optaste por un libro de cuentos en vez de una novela? Hace unos seis años conocí a Raúl Figueroa, el editor guatemalteco de F y G Editores, a través de su participación en la Feria de Guadalajara. Él conocía mi obra y en varias ocasiones dijo públicamente que mi novela “
Vivir en el maldito trópico” era entre las mejores novelas guatemaltecas que trataban el asunto del “conflicto armado”, el término que usamos para referirnos a los 32 años de guerra civil. Como mi novela tardó 4 años en llegar a Guatemala, el propuso hacer una edición de la novela para el país. Me pidió que le pasara un libro nuevo. Pensé que bien podría hacer una selección de mis cuentos, que tuvieran relación y en las cuales se repiten ciertos personajes cuyo desarrollo o decadencia podríamos observar a lo largo de los años.
En el primer relato, “La Casita”, el protagonista dice: “Olvidar el español, eso es lo que venir a los Estados Unidos significa para mí”. ¿Qué tan profundamente sientes esa pérdida, si es que compartes el sentimiento de tu personaje? ¿Hay alguna manera de remediarla?
“La Casita” es un cuento que nace de mi propia vida, y aún el patojo que dice la frase que citaste se llama David o Davico. Diciendo eso, no implica que el cuento no haya sido ficcionalizado, porque creo que en cualquier biografía o autobiografía existe la ficción—tanto del recuerdo como del olvidado. Pero sí, venir a Hialeah, Florida, a los 4 años significaba “olvidar el español” e integrarme dolorosamente al mundo anglosajón—no solo las costumbres, pero también la comida, las sensibilidades, el comportamiento, los paisajes y el lenguaje. No había otra. Y sí, hubo manera de remediarla. Mi mamá consiguió trabajo como secretaria de la Pan American y debido a eso, comenzando a los ocho años, mis padres nos mandaban, a mí y mis dos hermanos, a pasar los veranos con mis abuelos y tíos en Guatemala. En el momento del aterrizaje cuando vi las montañas y los volcanes que rodean la Ciudad de Guatemala, me sentí como el hijo pródigo que regresa al seno de su familia, su tierra, su vida…
¿Crees que tu trabajo como traductor te ha ayudado de alguna manera en tu trabajo como escritor o son cosas completamente diferentes?
Pues yo comencé como poeta escribiendo en inglés y me matriculé en la Universidad de Columbia en Nueva York. Por suerte, pude tomar cursos de literatura en español (el gran poeta chileno Humberto Díaz-Casanueva fue mi profesor por un año) y de traducción lo cual me abrió la puerta a leer y traducir muchos poetas latinoamericanos como Neruda, Mistral y Vallejo y en forma de libro a Enrique Lihn, Vicente Aleixandre y Nicanor Parra. Aprendí mucho de mis lecturas y mis traducciones porque sigo creyendo, y no cabe duda, que el traductor es el mejor lector de una obra dada. La traducción siempre ha sido parte integral de mi propia escritura.
En el relato final Gabriel García Márquez aparece como el hombre cuya obra te inspiró a convertirte en escritor. Tu estilo de escritura es muy diferente del suyo, menos barroco y más directo. ¿Ha cambiado en algo tu apreciación de su obra en relación a la primera vez que lo leíste? ¿Crees que el “Realismo Mágico” tiene vigencia en el mundo actual o que los nuevos tiempos requieren una forma diferente de tratados?
Acuérdate que cuando hablo de la obra de Gabo, me refiero en ese ensayo/cuento a “El coronel no tiene quien le escriba”, una novelita que precede a “Cien años de soledad”. Creo que, a pesar que considero a esta última novela como su obra maestra, Cien años ha causado mucho daño en las letras latinoamericanas, dándole raíz a muchas novelas—aun bien reseñadas en la prensa norteamericana y latinoamericana—que realmente no tienen la complejidad, la arquitectura y la riqueza de la obra de Gabo. Pero bueno, yo siempre he buscado otras cosas en una novela y creo que escritores del perfil de Jorge Volpi, Laura Restrepo, Silvia Molina, y Sergio Ramírez Mercado (especialmente en sus cuentos) han abierto otros espacios y temas de mucho valor. Creo que el “Realismo Mágico” está bien enterrado, aunque siempre tenemos escritores que lo querrán resucitar.
Para más información sobre “Ni chicha ni limonada” y/u otros libros, visite la revista literaria www.tintafresca.us


