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Soy muy respetuoso del bolsillo ajeno y quiero evitar entrar en el juego de las comparaciones que, en el caso puntual de los futbolistas de ahora y de antes, no conduce a ninguna parte. Y los negocios que se hacen alrededor de ellos tampoco resisten un análisis con la forma que se compraban y vendían a los mejores jugadores de otras épocas. Son tiempos distintos y punto. Entrar en una valoración cualitativa sin entender el negocio como un todo tampoco sirve, pero como la tentación es muy grande no puedo omitir mi opinión al respecto de las dos grandes transferencias con las que se cerró el mercado de invierno en Inglaterra.

Que Roman Abramovich, el billonario dueño del Chelsea haya pagado casi 80 millones de dólares por el pase del español Fernando Torres me parece una exageración. El “niño “ anotó 72 goles con la camiseta del Liverpool, la misma que quemaron los fanáticos del club al enterarse que los dejaba. Su sueldo será de alrededor de 50 millones en cinco años y está acorde al valor de la transferencia. Es decir que en total, ese único jugador de una plantilladle por sí millonaria, le costará al excéntrico ruso 130 millones de dólares. El dinero le sobra a Abramovich que se puede dar estos lujos a costa de malgastar su fortuna o al menos de sobrevaluar el mercado de valores del fútbol inglés para asegurarse sus caprichos. Pero lo que llama la atención que los Reds, un equipo que acarrea una deuda importante usó 50 de los 80 millones para reinvertirlos en el delantero inglés del Newcastle Andy Carroll de 21 años. Un jugador interesante, nueve de área de casi dos metros y que recién tiene unos cuantos llamados a la selección. Su transferencia fue la más cara de la historia para un jugador británico y aunque nada tiene que ver ni con el Chelsea, ni con su dueño ni con Torres, mucho le debe agradecer a los tres porque lo convirtieron en el nuevo millonario del fútbol.